Los hijos de Dios en el eclipse.
Por: Adrián Esteban Hincapié Arango (La Estrella, Antioquia, Colombia)
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| Jesucristo, el ejemplo de la perfecta y verdadera caridad. (tomada de google). |
La luz del verdadero sol está eclipsada. Desde distintos espacios y frentes, son atacados los fundamentos de la civilización cristiana; cada vez con mayor fuerza, el mundo se entrega al desorden, al caos, al desconocimiento de la lógica, de lo natural, y se va de bruces al abismo hedonista de drogas tangibles e intangibles.
Pero estas letras no
pretenden hablar de la desesperanza y aquello sería un disparate, pues la
esperanza para el remanente que resista es grande. Nuestro Rey y Señor ya
venció al mundo y vendrá revestido de gloria y autoridad, así como veremos
triunfar el Inmaculado Corazón de nuestra bienaventurada y santa madre, María.
En estos tiempos, y con el
ánimo de resistir con mayor fundamento lo recio de los ataques, debemos
recordar lo que significa ser hijos de Dios. El apóstol de los gentiles
advierte, en dos oportunidades, aquello que debe ser desconocido para el
cristiano: a saber, el miedo y la esclavitud (2 Timoteo 1:7; Romanos 8;15).
Hay cristianos que ponen
sus ojos en dos cosas: la recompensa y el castigo, pero desconocen el amor. La
recompensa nos hace convenientes, el castigo nos llena de miedos; ambas cosas
nos hacen pensar en un Dios distorsionado y lejano, pero el amor nos dispone a
ver a un Dios amable y amado, estricto, que exige misericordia, caridad y, por
supuesto, penitencia. Misericordia para ponernos en el zapato del otro, caridad
para fortalecer los lazos de la sociedad y
penitencia para purgar
nuestras culpas y evitar que las mismas sean saldadas por nuestro prójimo en
virtud de la comunión de los santos.
Si nos fijamos más en la
recompensa y en el castigo, somos esclavos, pero, si amamos, somos hijos. El
amor nos debe motivar a cumplir los mandamientos, a perseguir la gracia y a
rechazar y denunciar con ímpetu los males de este siglo… a decir, con la mirada
puesta en el cielo, «padre, glorifica tu nombre» mientras la muchedumbre solo
oiga truenos (Juan 12: 28).
«El que no ama no conoce a
Dios, porque Dios es caridad» (1 Juan 4: 8)
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